La fibromialgia es un síndrome que se caracteriza por la rigidez y el dolor, de intensidad variable, que afecta a los tejidos blandos del sistema locomotor:  músculos, ligamentos o tendones.  Según la medicina moderna, la fibromialgia tiene un origen desconocido y está reconocida como enfermedad reumática desde 1992 por la OMS.  No es un proceso degenerativo ni tampoco inflamatorio, por ello que no sea posible su detección a través de los diferentes tipos de equipos de diagnóstico médico (escáners, rayos X, etc…).

La medicina convencional no aporta ningún avance para la fibromialgia, síndrome cuyos síntomas más habituales son:  alteraciones del sueño, ansiedad, depresión, dolor en las articulaciones, cansancio y fatiga excesivos, trastornos digestivos y rigidez de las articulaciones entre otros.

 ¿Puede curarse la fibromialgia?

Definitivamente SI.

Hasta día de hoy las investigaciones sobre la fibromialgia han estado encaminadas a buscar mejoras en la sintomatología obviando cual puede ser la causa de este desequilibiro.  A poco que entendamos como funciona la bioquímica de nuestro organismo, comprenderemos el porqué de las distintas reacciones fisiológicas del mismo, ante las diferentes alteraciones que puede sufrir debido a diversos factores como pueden ser el estrés (divorcio, trabajo, ruina económica, muerte de un ser querido, etc…), una alimentación deficiente, traumatismos o enfermedades graves, ansiedad, la mayoría generadores de un gran impacto emocional lo cual afectará a la función de los elementos químicos que constituyen la armonía de nuestro organismo.

Como actúa la bioquímica celular en nuestro cuerpo.

Los elementos químicos son sustancias formadas por átomos.  Estos elementos, presentes en la materia viva, suponene el 98% del peso de los seres vivos, son:  oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo, potasio, azufre, sodio, cloro y magnesio.  En cantidades más pequeñas (infinitesimales) existen los oligoelementos o elementos traza:  manganeso, cobre, cobalto, zinc, hierro, níquel, cromo, selenio, yodo, molibdeno y vanadio.

Para comprender algo más sobre nuestra bioquímica celular deberemos saber que un átomo por sí solo es inestable por lo que se unirá a otros átomos para ganar estabilidad, mediante los enlaces químicos.  Esta unión se denomina molécula y no nos son ajenas en nuestra vida cotidiana pues existen gran número de ellas que son bien conocidas, como por ejemplo:  lactosa, insulina, ácido úrico, adrenalina, etc…

En el organismo los átomos que no están formando parte de moléculas se encuentran en forma de iones disueltos en los líquidos corporales.  Un ion es un átomo o molécula que posee carga eléctrica y para que un átomo se convierta en un ión es necesario que gane o pierda uno o más electrones en procesos que no explicaré aquí debido a su extensión.

Los iones más abundantes en nuestro organismo son:  sodio, potasio y bicarbonato,  y en pequeña proporción:  amoníaco, calcio, magnesio, fosfatos y sulfatos.  Los iones participan en diversos y complejos procesos celulares y corporlaes y cada uno de ellos puede colaborar en uno o varios de los mismos.  Intervienen esencialmente en:

– Mecanismos de transporte

– Mecanismos de la presión osmótica

– Contracción muscular (calcio)

– Mantenimiento del pH (fosfatos y bicarbonatos)

– Funcionamiento del corazón, músculos y nervios

– Formación de hueso, coagulación

– Activación de enzimas

– Formación de glóbulos rojos

– Inmunidad

– Formación de hormonas tiroideas

Algo más a tener en cuenta para comprender mejor aún sobre nuestras funciones corporales es la de mantener un pH óptimo.  Este concepto se utiliza para definir como de ácidos o básicos (alcalinos) son los líquidos.  Si un líquido tiene un pH inferior a 7 tendrá propiedades ácidas, el jugo gástrico puede alcanzar un pH de 3 mientras realizamos la digestión de un trozo de carne.  Si es superior a 7 estaríamos hablando de una disolución con propiedades alcalinas o básicas.  Una disolución básica también puede ser corrosiva, la lejía, por ejemplo, es una sustancia alcalina, de ahí la importancia de mantener un pH sanguíneo y del organismo dentro de un rango bastante estricto:  7,35 – 7,45 (ligeramente alcalino)

La alimentación es el primer pilar fundamental e importantísimo para poder mantener ese equilibrio.  Por ejemplo, una excesiva acidificación en la sangre produce una alteración significativa del calcio.  Para mantener unos niveles de pH estables es imprescindible este elemento, es por eso que una alimentación que provoque reacciones ácidas provocará, a su vez, una desmineralización sustancial de ese ion (calcio) provocando enfermedades tan conocidas como la osteoporosis, anemia, problemas digestivo, candidiasis, etc…

No es ningún casual que los alimentos más acidificantes para el organismo sean los lácteos, las carnes, los cereales refinados, el azúcar, el té y el café, además de medicamentos, tabaco y otros tóxicos similares.  Deberíamos hacer una reflexión y poner en tela de juicio el bombardeo de información recibido desde todos los medios de comunicación sobre el consumo más que excesivo de ciertos alimentos, sobretodo de lácteos.  Sólo tenemos que ser conscientes y observar de que se compone nuestro menú diario para relacionarlo con ciertas y numerosas dolencias del siglo XXI.  No es necesario suprimirlos totalmente de la dieta (si no queremos) pero hay que comprender que el exceso está siendo perjudicial.

¿Y cuánto es el exceso?

Cada persona es distinta y todo el mundo no metaboliza igual los diferentes alimentos que ingiere.  Habrá personas para las que, por ejemplo, será un exceso consumir un solo lácteo diario, otras necesitarán más.  Recomiendo eliminarlos de la dieta un mes y observar como nos sentimos y si algunas dolencias que estamos padeciendo mejoran o no.  A veces, sólo suprimiéndolos es suficiente, en otras el nivel de alteración es tal que es preciso realizar un depuración del organismo para que este empiece a reaccionar de forma adecuada.  También es necesario reducir el consumo de cereales (sobretodo los refinados), legumbres, azúcar y productos industriales.

Alimentos que neutralizan ese exceso ácido serán los alcalinos como las frutas, las verduras y las hortalizas.  Los cereales (aunque sean integrales) y las legumbres también son acidificantes.  Hoy día nuestra alimentación dista mucho de ser equilibrada.

Síntomas a los que no solemos prestar atención por estar presentes en el día a día y que consideramos como algo normal, son avisos incipientes de que nuestro organismo tiene su equilibrio ácido-básico alterado, son:

– Fatiga (sobretodo al despertar)

– Alteraciones del sueño (despertar y no poder conciliarlo de nuevo)

– Alteraciones del apetito

– Acidez de estómago y regurgitaciones

– Estreñimiento

– Migrañas frecuentes

– Piel grasa (cara)

– Mal aliento matinal

– Manos húmedas y frías

– Sudoración abundante en los pies

– Menor resistencia al frío

– Dolores musculares, sobretodo en la zona cervical y los hombros.

Teniendo en cuenta esta serie de factores fisiológicos podemos entener algo mejor que generalmente, cualquier enfermedad crónica se acompañe de un estado más ácido de lo normal de nuestro organismo.  Las más típicas son:

– Reumatismos

– Diabetes

– Afecciones del riñón y la vesícula

– Hiperfunción de la glándula tiroides (enfermedad de Basedow)

– Cáncer en general

– Leucemia

En persona sanas es indispensable realizar una modificación de los hábitos alimenticios, solamente de esta forma podremos conseguir un cambio favorable que no altere el equilibrio de nuestro organismo.  Aquellas personas que ya estén enfermas necesitarán algo más que corregir la alimentación, será necesaria la suplementación con elementos químicos alcalinos (siempre bajo la supervisión de un especialista).

Como podemos advertir, la fibromialgia es el resultado de un desequilibrio iónico en nuestras células, especialmente los de sodio, potasio, calcio y magnesio, minerales esenciales para el correcto funcionamiento de nuestro sistema orgánico.  Esta alteración además de producirse por distintas causas externas (una mera infección, un sobreesfuerzo físico continuado hasta el estrés, con el que convivimos habitualmente y al que nos hemos acostumbrado), debemos reconocerla en la propia alimentaicón sobretodo en sus procesos de manipulado (proceso de elaboración de los alimentos, conservación, añadido de aditivos, etc…).  Es lógico imaginar que para restablecer el equilibrio debemos reponer aquello que hemos perdido y que nuestro organismo necesita para funcionar con normalidad.

Un ejemplo evidente y manifiesto de que la fibromialgia a día de hoy es curable lo muestra Alfred Blasi.

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